La llanura aluvial del Ebro a su paso por Logroño deja depósitos de gravas y arenas que, en estado suelto, comprometen cualquier cimentación. Con una población que supera los 150.000 habitantes y un tejido industrial en expansión hacia polígonos como Cantabria, encontramos terrenos donde la capacidad portante es un espejismo si no se compacta en profundidad. El diseño de vibrocompactación en Logroño aborda este reto desde la fase conceptual, definiendo mallas de tratamiento, energía de compactación y profundidad de actuación. No basta con aplicar un procedimiento estándar: la variabilidad lateral de los sedimentos del Ebro exige un análisis geotécnico afinado. Para caracterizar el estado inicial del terreno, el equipo técnico suele apoyarse en un ensayo CPT que perfila la resistencia por punta sin alterar la muestra, clave en suelos donde el SPT distorsiona las gravas fluviales. El resultado es un macizo granular densificado, homogéneo y predecible frente a las cargas de servicio, eliminando riesgos de asientos diferenciales que son la principal causa de patología en naves y bloques residenciales de la capital riojana.
Un diseño riguroso de vibrocompactación reduce los asientos totales hasta en un 80% respecto al terreno natural en las gravas del Ebro.
